martes, 21 de junio de 2016

Adiós a la infancia

Memorable e instructivo. Las dos palabras definen mi último viaje en el que encontré a la misma Bruselas y a otro Guillermo.

El jueves a las 19:00 horas el avión despegó con cuarenta minutos de retraso y tras un vuelo tranquilo y cómodo con los dos asientos de al lado vacíos, aterricé en Charloroi, encontré el autobús a la primera, subí sin necesidad de hablar con nadie y llegué a mi destino sobre las once menos cuarto y aún con luz natural.

Allí nos encontramos.

Tras una ensalada sin pan pero con cerveza, que para eso estábamos en Bélgica, fuimos a una terracita estupenda, en una plaza estupenda, situada al lado de la casa que ha sido su casa durante este último curso.

Y hablamos, de nuestras cosas.

El viernes era un día especial, me caía uno más. Empezamos desayunando en uno de los múltiples bares de la misma plaza.

Mientras Guillermo me iba contando cosas de la idiosincrasia de la ciudad y de sus gentes sólo conocidas por quién ha vivido la ciudad, pateamos diferentes barrios, subimos a un mirador, entramos en el Palacio de Justicia, nos cruzamos con dos togados, recorrimos el área de los palacios, los museos y el parque en dónde ya habíamos estado la otra vez.

La Grand Place (Bruselas) 17 de junio de 2016

Tras el paso obligatorio por la Grand Place que a diferencia de la otra vez tenía todas las fachadas descubiertas y lucía esplendorosa, y la visita al Manneken Pis sin disfraz, por los alrededores de los edificios neoclásicos de la bolsa y la ópera, callejeando llegamos al lugar que había elegido para invitarme a comer.

En un sitio en el que se come de pie y al aire libre, el menú consistió en una buenísima sopa de pescado, dos platos de peces diferentes que terminaron enfriándose de la misma manera y dos copas de prosecco, vino que yo desconocía a pesar de mis filias italianas, una prueba más de que nada es perfecto.

Para descansar me condujo a un callejón ocupado enteramente por un bar enorme de varios pisos, el Delirium tremens, que pasa por ser el que mayor variedad de cervezas tiene en la carta, y por lo visto bastante conocido, al menos por los guías turísticos, porque el lunes oí a una que hablaba de él a sus escuchantes.

Cuando empezó a llover nos dimos cuenta de que nos protegía una sombrilla; como estábamos a gusto, nos faltaba el paraguas y al movernos nos mojaríamos, pedimos otra cerveza.

Y hablamos, de gramática, de la RAE, de nuestro idioma y de los idiomas.

Por supuesto fuimos a la zona europea, esa en la que se toman las decisiones que acaban incidiendo en nuestras vidas, al exterior del edificio de la Comisión, que no me gustó, y del Parlamento, más de acuerdo con mis ignorantes gustos arquitectónicos. Guillermo me enseñó su universidad.

Volvimos a casa en el metro y de camino pasamos por el súper y compramos el pan y una botella de vino con el abridor correspondiente, para acompañar la tortilla de patatas que Guillermo cocinaría.

Salimos después a la misma plaza vecina, de la que no puedo decir el nombre porque no me lo he aprendido.

Y hablamos, de nuestras cosas.

Nos acostamos.

Y seguimos hablando de nuestras cosas.

El sábado la climatología hizo honor al lugar descargando una nube cada poco tiempo. Fue el día de Lovaina, a veinte minutos en tren y situada en la zona flamenca del país, una bonita ciudad con biblioteca y universidad famosas y con una preciosa plaza donde se ubican el ayuntamiento y la catedral. 
 
Ayuntamiento de Lovaina. 18 de junio de 2016

Allí empezamos tomando un café que terminó juntándose con la comida por la lluvia.

Y hablamos, de nuestras cosas.

Cuando por fin decidimos movernos, nos mojamos. Nos resguardamos en la catedral, único sitio disponible y cercano. Tras la enésima escampada, dimos una vuelta, encontramos una plaza con un ambiente tremendo de gente, pantallas gigantes y algunos militares, porque jugaba Bélgica la Eurocopa. Nos regalaron una especie de pintalabios con los colores de la bandera belga, que me pinté en la muñeca.

Buscamos un lugar más tranquilo, nos sentamos, me pedí el enésimo café.

Y hablamos, de la familia, y de cosas suyas y mías.

Con el caer de la tarde, Guillermo se fue a una fiesta y yo me quedé mirando pasar el tiempo mientras leía el periódico.

El domingo la lluvia dio una tregua. En un mercadillo buscamos el pan, que compramos, y espinacas, que no compramos. Después de tomar una cerveza, y hablar, comimos en casa.

Invertimos dos horas de nuestro tiempo en llegar a Dinant, al Sureste de Bruselas, cuna del inventor del saxofón y  ciudad preciosa entre riscos y árboles, a orillas del Mosa. Entré a la catedral, mas a pesar de mi buena disposición para subir los miles de escaleras que conducen a la ciudadela, no pudimos acceder ni pasear por sus murallas. Habían cerrado a las seis.

Dinant. 19 de junio de 2016

Puente sobre el Mosa. Dinant. 19 de junio de 2016


 Paseamos, y llegados al río nos sentamos en una plataforma de madera en la orilla disfrutando los rayos de sol que la tarde nos regalaba.

Y hablamos, de nuestras cosas, de las cosas.

De vuelta calculamos mal el tiempo, nos faltaron dos minutos. Teníamos que esperar una hora, así que buscamos una terraza.

Y hablamos, no recuerdo de qué, del più e del meno, credo.

Cuando al fin subimos al tren, cómodamente sentada en el medio de transporte que más me gusta, contemplando el exuberante paisaje arbóreo, las rocas que dejaban ver de vez en cuando, y el Mosa paralelo a la vía, pensaba en la belleza.

El lunes amaneció un día de perros, de lluvia y viento. Volvimos, andando, al centro, a la Grand Place y al Manneken Pis que tampoco estaba disfrazado, compré bombones, paseamos hasta casa. Alternábamos el camino y las paradas con la charla, de política, de historia, del país, de psicología, otra vez de la lengua…

Antes de subir por última vez los cuatro pisos, altos y sin ascensor, brindamos con la última cerveza de mi estancia.

Y hablamos, de las cosas de Guillermo y de las mías. Fue la charla que más me gustó.

Muralla antigua. Bruselas. 20 de junio de 2016

Después me acompañó al autobús y nos despedimos. Yo subí, él se fue.

En el viaje de vuelta, tranquilo pero con menos espacio a mi disposición, sentada en la ventanilla justo detrás del ala, entre una capa blanca uniforme, sin referencias de movimiento externo, y con la sensación de que el avión permanecía suspendido en medio de ningún lugar, yo pensaba en una habitación vacía.

Las nubes quedaron detrás de los Pirineos y yo volví a pisar tierra a las 20:30. Madrid me esperaba con 30 grados.

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