lunes, 30 de abril de 2012

Reconciliación


La semana, que había empezado de viernes, cerraba el ciclo de lunes. Como siempre por la mañana, ya andaba tarde.  Y aún le faltaba peinarse.

Peinarse.

Hacía tiempo que había hecho las paces con su pelo y, desde unos años atrás, incluso le gustaba; ahora le parecía, además, que permitía muchas posibilidades de cambio sin necesidad de dedicarle demasiado esfuerzo.

Ya tenía decidido el aspecto que le daría ese día. Sería el mismo de aquella vez;  cuando su amiga le había comentado lo estupendo que le quedaba.

Por eso entró en el baño con tranquilidad, puso el tapón al lavabo, abrió el grifo, cogió el peine y, con mano y peine colgados en el espacio, se miró -y se vio- al otro lado. No se encontró especialmente guapa, ni fea, ni distinta. Se encontró ella misma. Sin pensar mucho lo que decía, le soltó al otro lado del espejo: este es todo tu equipaje.

Cerró el grifo y empezó a mojar el peine pasándolo por el pelo cada vez; primero la mitad izquierda, después la derecha, a continuación todo junto, sintiendo cómo iba tomando la forma que ella deseaba a medida que se humedecía. Muy despacio, disfrutando cada vez que, mecánicamente, repetía los movimientos precisos.


         Entendió el placer de damas cepillando largas cabelleras, una y otra vez, antes de acostarse.

Pensó entonces en viejas historias. En todas las veces que le habían hecho los mismos comentarios sobre su pelo, hasta conseguir que ella también lo odiara.

Sintió una dulce venganza sin remordimientos. Volvió a llevar el peine hasta el lavabo.

Sonrió.

domingo, 22 de abril de 2012

El valor de los céntimos en un día tonto


Para hacer (un poco) honor al título de este blog, comentaré dos noticias que, en este fin de semana, han roto la tendencia de los últimos tiempos: el Real Madrid ha ganado al Barça (en el Camp Nou), y Nadal ha vencido a Djokovic en la final de Montecarlo.

Se acabó la sección de Exteriores de este informativo. A continuación conectaré con el departamento de Información Interna.

Tuve un día tonto; por fortuna, con ese tipo de  tontería que nos lleva a reírnos de nosotros mismos, llena de pequeñas cosas que parece imposible sucedan todas en el corto tiempo de una tarde.

Soy la reina de los bonos de transporte de diez viajes: tengo cuatro diferentes, gracias a la Consejería de Transportes de la comunidad, que nos cobra tarifa doble de metro. Así tengo uno para ir hasta Madrid, otro para moverme por allí, uno más (combinado) que me permite trasladarme de mi pueblo a la capital y viceversa; y el billete de tren. Además, para hacerlo un poco más complicado, cuando voy a clase, también debo introducir el tique en las estaciones de salida.

Para que su búsqueda me resulte menos laboriosa, suelo meter los que voy a necesitar en el libro que leo mientras viajo, He de decir que había contemplando la posibilidad de que se me perdiesen.

Pues bien, el jueves, cuando preparé las cosas para irme, saqué de la cartera los dos bonos que necesitaría y los metí en el libro. Pero, cuando salí de casa con la carpeta, el abrigo y las llaves ¿lo adivináis? El libro se quedó, muy colocadito, en la mesa del ordenador. Y lo peor es que ni siquiera necesitaba la lectura en el viaje, porque, como no había hecho los deberes, en el trayecto pensaba dedicarme a esta labor.

Al llegar al metro fui consciente del error; y también de que no llevaba dinero, cuando intenté comprar otro bono. Pregunté si podía pagar con tarjeta. No podía.

Tampoco tenía tiempo de volver a casa, porque en ese caso llegaría tarde a clase Como tenía un bono combinado al que le quedaban dos viajes, podría ir y volver, pagando el doble por cada uno de los trayectos. Jurando en arameo por regalarle a la Consejería de Transportes el importe de dos billetes, me decidí por esta opción.

El resto del viaje de ida, sin novedad; la clase muy divertida.

Tren de vuelta. Mi compañera y yo íbamos enfrascadas comentando frases célebres apuntadas en un cuaderno. Cuando miramos por la ventana ¡nuestra estación! Corrimos hacia la salida, nos agarramos a las barras, asomamos la cabeza… y las puertas empezaron a cerrarse. Por decisión o por instinto, desistimos.

Por supuesto, tuvimos que volver. En el metro pagué de nuevo con el combinado de doble tarifa; como con este viaje se agotaba, pero debía introducirlo a la salida, lo guardé en el bolsillo del abrigo (al menos eso creo).

 En qué lugar del trayecto se perdió el billete es un misterio. En la estación de destino gasté un poco de tiempo buscando: escudriñé mis bolsillos, vacié el contenido del bolso; y volví a abrir el monedero, por si se había producido un milagro y aparecían los céntimos que me faltaban, para poder -al menos- pagar (una tercera vez) si la cosa se ponía fea.

A punto de llamar a casa para que vinieran a rescatarme, se me ocurrió contar la verdad al taquillero .



Me abrió la puerta de salida.

jueves, 12 de abril de 2012

Tres libros. Muchas historias

Jorge debía hacer un trabajo creativo sobre una obra literaria, elegida de una lista que le habían proporcionado. Su idea era, bajo mi punto de vista, muy buena, aunque no excesivamente novedosa: un juicio al autor, obligado a enfrentar en los tribunales las diferencias entre las propuestas de su obra y lo que la sociedad concibe como correcto.

Inicialmente él pensó en Esperando a Godot (Samuel Beckett). Tras leerla me pareció que no era obra apropiada para sus pretensiones.  Catalogada como teatro del absurdo, lo que de verdad resulta absurdo en ella es la vida humana; a partir de ahí, poco se podía hacer.

Yo conocía que una de las posibles lecturas era Madame Bovary y también que contaba la historia de un adulterio; sólo con este dato supuse que se compadecía mejor con lo que Jorge pretendía y le propuse el cambio. ¿Su respuesta? “Vale, léetela y me dices qué te parece”.

Era una excusa como otra cualquiera. Acepté.  Debíamos subrayarlo y marcarlo,  así que compré el libro.

Cuando lo hube terminado, me pareció muy oportuno para los fines previstos; no solo por el motivo inicial, sino también por el tratamiento de los demás pecados capitales y de la religión. Tenía además otros muchos aspectos que, en la actualidad, un chico seguro concibe de forma muy diferente al momento histórico de la novela.

Y, como una cosa lleva a otras, mientras disfrutaba esta lectura decidí el orden de los dos siguientes libros, cada uno con sus pequeñas historias a cuestas: el primero sería La regenta y el segundo Ana Karenina. Estos estaban en mi casa y ambos habían soportado unos cuantos traslados; pero mi relación con ellos había sido muy diferente, casi opuesta.

Los dos guardaban entre sus páginas restos de mi pasado, olvidados en antiguos bonobuses, recibos del cajero y menudencias por el estilo. Me ocurre esto a menudo, al abrir un ejemplar que lleva conmigo mucho tiempo; y siempre me produce una grata sorpresa: es como si un hilo invisible uniera de pronto presente y pasado, a través de estas cosas intrascendentes que quedaron olvidadas al terminar la historia que me contaron sus páginas. Detalles que, a veces, me permiten fijar fechas en el pasado, aunque esto tampoco importe mucho en realidad.

Había leído La regenta siendo estudiante en el instituto; ahora conozco hasta el mes y el año, gracias a un tique de la academia de mecanografía que ha aparecido entre los pequeños tesoros que guardaban sus páginas. En la relectura descubrí que estaba destrozado: tenía el lomo pegado con una cinta negra, lo que no demuestra mucho cuidado por mi parte, ya que el libro fue blanco en su momento aunque ahora tienda a ocre, consecuencia del tiempo y otras circunstancias.

También tenía las hojas despegadas en cuatro o cinco bloques, que al final fueron unos cuantos más; lo que ciertamente constituía una dificultad para manejarlo, sobre todo en los largos trayectos de metro que, en esta ocasión, debí realizar por el tiempo en que gozaba de su lectura.

Mi relación con Ana Karenina era más compleja. Tenía yo casi un sentimiento de frustración, porque dos veces anteriormente había intentado leerlo y las dos abandoné. Esta vez decidí que, o a la tercera iría la vencida, o cesaría para siempre en mi empeño. Valió la pena porque no sólo he conseguido terminarlo, sino que, además, he disfrutado muchísimo. Está claro que en las ocasiones anteriores no había llegado su momento; o, mejor dicho, no había llegado el momento para que yo pudiera interesarme de verdad por él o comprenderlo.

Bien. Estas son las historias de mis libros.

En cuanto a las historias que los libros cuentan, supongo que todo el mundo las conoce (más o menos). Las tres tienen algunos parecidos y muchas diferencias entre sí; la acción se desarrolla en países distintos y fueron escritas en un margen de tiempo de treinta años escasos. Las tres nos hablan de conflictos personales (o sociales, que acaban siendo personales) que se mantienen, como fondo invariable, a través de la Historia.

El argumento de las tres novelas tiene un punto común (el que me llevó a leerlas seguidas): tres mujeres que, hartas de soportar la anodina normalidad de sus vidas (o de la vida), deciden perseguir su sueño haciendo realidad sus deseos. Las tres descubrirán  consecuencias imprevistas. Las tres pagarán muy cara su libertad.

lunes, 2 de abril de 2012

Es un niño tan bueno...

Probablemente la capacidad de clasificar todos los elementos del mundo que nos rodea, incluidas las personas, es una característica más de las muchas que nos han ayudado a evolucionar como especie. Hasta el punto de haberla convertido en necesidad.

A la vez que el hombre estableció la diferencia entre “bueno” y “malo”, marcó criterios de comportamiento, en el sentido de que había que luchar por lo positivo e intentar huir de lo negativo. Después llegarían las extensiones y, a la vez, los matices, a medida que la sociedad se diversificaba y la especie humana se concienciaba de que (en muchos aspectos) podía trasformar el mundo a su medida. Se necesitaron muchas generaciones para que pudiésemos comprender que todo tiene un precio.

Haciendo de la virtud hábito, hemos encontrado muchas escalas en las que incluir (o de las que excluir) a la gente. Y, para no perder el tiempo, empezamos a asignar papeles desde el nacimiento. Así, siendo muy pequeñitos, tenemos niños buenos, trastos, rebeldes, simpáticos, inteligentes, cabezotas, patosos, etc., cuando no directamente malos o tontos. Hasta qué punto nuestra clasificación prematura influirá en el desarrollo de la realidad, es algo que nunca podremos saber; pero me parece una pregunta que todos, y especialmente los padres (y tal vez los profesores), deberíamos hacernos.

A los niños trastos, siempre que su actividad no llegue al punto de desquiciarnos, solemos mirarlos con una cierta condescendencia e incluso con simpatía (¡es un niño!); los rebeldes nos desesperan, pero saben desde bien pronto luchar por lo que quieren (aunque se equivoquen en la forma); los simpáticos son el centro de las reuniones familiares; a los inteligentes se les admira (y probablemente se les envidia); los cabezotas, obviando las guerras puntuales a las que nos conducen, poseen la suerte de tener sus cosas claras; los patosos tendrán, tal vez, problemas para aprobar la educación física, pero raramente la cosa pasa de ahí.

¿Y qué ocurre con los niños a los que catalogamos, siendo apenas bebés, de “niños buenos”?

Por supuesto, para la familia es fantástico. Nunca dan la nota en las reuniones, se acomodan a nuestros intereses, no sacan los pies del tiesto, y difícilmente se colocan en situaciones que puedan provocarles accidentes; les sentamos en un ricón y se quedan allí, entretenidos con cualquier cosa. En otras palabras, son sociables porque no dan guerra. Tienden a pasar desapercibidos y, cuando hay más niños, nunca son el centro de atención de los adultos.

El mensaje que recibe continuamente un niño “bueno” es: “estamos encantados porque haces lo que nosotros queremos”. Cuando hace algo que él desea y que no nos parece oportuno, por supuesto se lo haremos saber. Y su interpretación será que es malo actuar según sus apetencias.

Me pregunto hasta qué punto sólo enseñamos a estos niños a acomodar su mundo a nuestros deseos, educando futuros adultos sin recursos para alcanzar la felicidad personal. Hasta qué punto, nuestro comportamiento les niega la adquisición de herramientas psicológicas imprescindibles para preguntarse sobre sí mismos; para encontrar respuestas; para intentar, siquiera, llevar sus respuestas a sus vidas.