sábado, 9 de febrero de 2019

Acción y reacción

Nunca se había sentido su ojito derecho, tampoco el izquierdo; si acaso el apéndice, que nadie sabe para qué sirve salvo cuando duele y hay que extirparlo.
También era consciente de que podía romper su natural cobardía dejando los razonamientos para mejor ocasión y acomodándose a la circunstancia. Sabía que podía ser fuerte.
¿Sabía?
Sin nada mejor que hacer, o sí, pero no era tiempo de opciones, había decidido acompañarla en su espera.
La sintió empeorar con la urgencia de no perder el tiempo, y reclamar con ahínco una presencia distinta consciente del fin de su historia en aquel momento detenido. Tal vez por el hábito de toda una vida, por el placer de un último deseo satisfecho, por la última traición del inconsciente. Acaso el miedo le jugó una mala pasada definitiva. Quizás no podía ser de otra manera.
Calculó mal los hechos e intentó salir del paso con evasivas. Hasta que le quedó claro que esta vez no servirían cuentos chinos. Cuando llegaron los profesionales cogió sus trastos y utilizó el baño como excusa.
En la calle apagó el teléfono y se dirigió al metro. Confirmó que tenía una tarjeta de crédito con saldo, la documentación y un libro en el que concentrarse.
En Atocha estudió sin prisas destinos y horarios. Después compró un billete para Irún.