miércoles, 31 de diciembre de 2014

Carta a los Reyes Magos

SS. MM. Magos de Oriente
Baltasar, Gaspar y Melchor
Cualquier Lugar, s/n
Planeta Tierra
Queridos Reyes Magos:

Este año he sido una niña muy buena.

Mal empezamos, porque una de las características esenciales de las niñas buenas es la sinceridad, debido a que aún no han tenido el tiempo suficiente como para que la buena educación les haya enseñado a mentir.

Yo no he sido sincera, y en cuanto a lo de buena, dependerá de a quién se le pregunte, así que volvemos al principio.

Queridos Reyes Magos:

Hace tiempo que no soy una niña, no siempre soy buena, y hay algunos momentos muy puntuales en los que incluso me satisface portarme mal.

Ahora sí soy sincera, así que continúo hasta que tras leer los hechos, Ustedes decidan si me harán caso.

Es esta la primera vez que me dirijo a Sus Majestades, porque cuando tuve edad y fe para escribir este tipo de cartas, vivía en un barrio diminuto de un pueblo pequeño al que no llegaban los camellos, y porque en aquellas épocas descubríamos pronto que la magia necesita también inversión económica previa.

Empezaré contándoles que estuve en Madrid viendo las luces con las que la ciudad obsequiará a Sus Reales Visitantes a partir de la caída de la tarde del 5 de enero, y paseando por los pocos espacios que dejaban libres las muchas gentes que tuvieron la misma idea que yo, de entretener reuniones familiares saliendo a la calle, a las mismas calles, para recrear la vista.

Por fortuna, Ustedes trabajarán mientras la ciudad duerma; y por cierto, que les aconsejo que vengan abrigaditos, porque han dicho en la televisión que las temperaturas bajarán drásticamente.

Les confesaré, Majestades, que no me resulta fácil resumir mis últimos 365 días, bien porque la mayoría de hechos son habituales y obvios, y por tanto no vale la pena aburrirles con su enumeración, o bien porque son demasiado personales, en cuyo caso resulta aún menos aconsejable dejar constancia de ellos por escrito.

Así que haré lo que pueda.

Como todos los años, a estas alturas me quedan unos cuantos objetivos en el debe, hecho que no considero necesariamente negativo, porque eso significa que ya tengo proyectos en los que invertir mis energías en 2015.

Volví a Zumaya.

Por cierto que también de aquel viaje pensaba yo haber escrito un diario en su momento, pero no lo hice allí, y tras la vuelta el tiempo pasó y el proyecto también.

No. No fuimos siguiendo la estela de 8 apellidos vascos, era una larga cuenta pendiente al fin saldada. Quiero contar a Sus Majestades la magnífica impresión de la señorial San Sebastián, que sólo conocía por fotografías y referencias, y debo añadir que prefiero el teatro Victoria Eugenia al Kursal, aunque Jorge no esté de acuerdo. Decirles también que paseamos mucho por la costa, por el pueblo y por el monte, que contemplamos los flysch y los árboles, que nos llovió, nos mojamos y nos secamos, que compartimos dos bayleis para tres.

Por supuesto también comimos, aunque por dos diferentes motivos yo recuerde mejor y rememore con más frecuencia dos cenas. La primera en Orio, en un restaurante recomendado de exquisiteces piscícolas.

La segunda, en una sociedad gastronómica, de las que abundan por el Norte. Mientras aún le dábamos al diente, en las otras mesas alguien comenzó a cantar; sin pensarlo y sin vergüenza canté con ellos. Canciones antiguas, conocidas y queridas por mí, que me trajeron de vuelta a Orejas, y me devolvieron a los momentos del parato compartido.

Por cierto, Majestades, si se lo encuentran en algún cruce de caminos, díganle que le recuerdo siempre con su música. Yo se lo dije aquel día y se lo repito siempre, pero no sé si me escucha.

Poco después del retorno de aquel viaje se rompió la normalidad y debimos acomodarnos. Yo fui afortunada. Gracias a la generosidad de mi familia descubrí Bruselas, Brujas, Gante y Amberes, me reencontré con Roma y me enamoró.

Oh. L’amore!

La amabilidad de este año que ya se me ha escapado la resumiría en dos detalles, la credibilidad de algunas personas en mis aptitudes, y mi superación de la crisis de adolescencia de los cincuenta que, como todas las crisis, me deja el recuerdo o la añoranza del lastre abandonado en un camino sin retorno, y la seguridad de seguir adelante con lo puesto.

Y a mí, que siempre fui una estudiante inteligente y una ignorante emocional, también me ha legado algunos conocimientos imprescindibles.

Me ha enseñado el peligro de quedarme colgada de las preguntas cuando encontrar las respuestas no depende sólo de mí, y que hace mucho tiempo que demasiadas cosas comenzaron a deslizarse sin freno por la pendiente.

También he aprendido que el amor nunca es la solución, sino el origen de los problemas, y que las relaciones familiares funcionan como el fútbol: los seguidores de un equipo interpretan cada hecho y la totalidad en función de los intereses del club de sus amores, y los individuos interpretan los hechos de su familia según un código único y personal de expectativas y genuinos intereses afectivos.

En un intento de acomodar mi realidad física a esta nueva realidad psicológica, dediqué una parte importante del verano a ordenar mi historia digital, lo que ahora me permite encontrar las cosas sin esfuerzo, a pesar del nefasto sistema de búsqueda de Windows 7.

Fue un trabajo arduo, por la inmensa cantidad de posesiones olvidadas que descubrí, algunas estupendas como las cartas de Galileo. En italiano.

También encontré un montón de Power Point, de los que me llegaban veinte veces en los viejos tiempos de la informática, es decir, ayer, con mensajes maravillosos que pretendían convencerme de que me basta con quererlo para que la realidad se ponga a mis pies. Archivé algunas fotografías y mandé todos los textos a la papelera.

Ya no los necesito. Dejé de necesitarlos un día que me comí las ganas de llorar y taconeé con más energías que nunca.

Esta es mi actualidad, en la que desearía que Sus Majestades posaran en mis zapatos unos cuantos agarraderos para el año por venir.

Me vendrían bien algunas ideas para seguir actualizando este cuaderno de bitácora de vez cuando, sin repetirme demasiado. Quiero poder leer los libros pendientes, y descubrir otros nuevos; seguir descubriendo películas, visitando exposiciones y acudiendo con regularidad al teatro, aunque algunas obras me decepcionen.

El fin de 2014 me ha encontrado en conciertos, y con Su Venia así comenzaré 2015, pero espero de Sus Majestades el placer de la música los trescientos sesenta y cinco próximos días.

Quiero los viernes de café con Merche y María, las charlas con Consuelito y los eventos con Montserrat, las confidencias con Begoña, las comidas con Sonia y las conversaciones interesantes con tantas personas a las que no puedo nombrar aquí, porque son demasiadas. También, si se tercia, con otras distintas.

Quiero seguir enfadándome con mi familia por cosas intrascendentes, y juntarme con ellos para comer y para celebrar cumpleaños.

Quiero hablar con mis hijos de intereses y temas compartidos, ir a Berlín con Jorge, y volver a Italia con Guillermo. Quiero oírle decir que soy una madre arisca, si es eso lo que piensa.

Quiero que 2015 me aproveche.

A lo que no quiero, me acomodaré sin remedio.

¡Ah! Majestades, una última cosa. Este año no aprenderé a cambiar pañales, no me da la gana, y no lo necesito. Espero sin embargo que no me lo tengan en cuenta, dada mi buena disposición para otros muchos menesteres.

Para terminar, espero que disculpen la largura excepcional de esta misiva en época tan laboriosa.

Un abrazo de camello y un año venturoso, también para Sus Majestades,

Pilar

lunes, 1 de diciembre de 2014

Mujeres

Por salud mental, hace ya tiempo que no pierdo el tiempo con  noticias redundantes ni comentarios obvios, lo que traducido significa que hace ya tiempo que no pierdo el tiempo en leer la información política de los diarios. Lo que me llega, viene de rebote o de forma tangencial.

Sin embargo, el periódico del domingo es uno de mis placeres habituales y preferidos  del fin de semana, un disfrute lleno de ritos creados sólo por mí y sólo para mí a lo largo de los años, en el que siempre encuentro dos cosas que me compensan de las malas noticias, los pasatiempos y los articulistas.

Puedo describir mi orden sin chuleta.

Primero el suplemento. En las páginas iniciales, las cartas al director, el artículo de Javier Cercas o el de Santiago Rocagliolo y el comentario de la foto de Millás; los titulares y la selección de los artículos que me interesan; pasar de largo por la publicidad encubierta de las páginas de moda y similares, y llegar a las dos últimas donde me esperan Rosa Montero o Almudena Grandes, y Javier Marías.

A veces empiezo por el final, pero es el orden lo único que cambia.

Luego llega el turno de los pasatiempos, también en un orden riguroso: kenkén, crucigrama, sudoku samurái y sudoku killer. A veces, sólo a veces, el damero maldito, que ni haciendo trampas consigo resolver siempre.

Lo último, el periódico. Después de leer la portada, lo empiezo siempre por el final. Manuel Vicent y la entrevista; Carlos Boyero, que no me gusta comentando cine, pero con el que he descubierto puntos comunes de asqueo; Alex Grijelmo y Elvira Lindo; a veces, si no escribe sobre política o no se pone demasiado liberal, Vargas Llosa. También me entretengo en las noticias culturales, en las de sociedad y en algunas deportivas, en las que echo de menos en los últimos tiempos a John Carlin.

Las secciones de economía, internacional y política nacional, ni las miro.

De vez en cuando me regalan un suplemento especial por el mismo precio: moda niños, moda hombre, moda mujer, o catálogos de Toysrus y El Corte Inglés, que envío directamente al cubo de la basura del papel. Hoy también había uno.

Mujeres, así se llamaba y no era publicidad. O tal vez sí.

Hablaba de mujeres, de nuestra desigualdad en el mundo, del techo de cristal, de lo que les cuesta llegar a lugares de poder, de su papel en el arte y el deporte, de todas esas cosas conocidas. Mujeres triunfadoras, poderosas e instaladas en la élite, que hablaban sobre los problemas de otras mujeres, pobres, perdedoras, parias.

Michelle Bachelet, Emma Bonino, Salma Hayek, Serena Williams, Zaha Hadid, Melinda Gates, Shakira… fuertes, luchadoras, influyentes, trabajadoras y valientes. Menos valientes que los millones de mujeres que en este acomodado mundo occidental nuestro, por no irnos muy lejos, pierden los mejores años de su vida en un trabajo imprescindible que detestan.

Que se ocupan de sus hijos, de todas las necesidades de sus hijos porque no tienen a otras mujeres, con sueldos menos suculentos, trabajo más duro y nula capacidad de influencia social, que se los recojan del colegio, se los lleven al parque, se los bañen o se los duerman con un cuento. Mujeres que hagan lo que hagan tienen mala conciencia, porque los que saben, es decir, los muchos hombres y las pocas mujeres que han conseguido llegar a ese grado de poder que implica influencia, les dicen que los niños necesitan pasar tiempo de calidad con sus padres, porque en caso contrario tienen más posibilidades de andar por la mala senda, que tienen que jugar e ir al parque, y estudiar inglés, y hacer deporte, y leer, y no ver demasiado la televisión.

Les dicen en definitiva que sus hijos necesitan su mucho tiempo, su mucho trabajo, su poco dinero.

Estas mujeres también vivirán en una casa, con cristales, con muebles y con polvo. La familia comerá, y ellas deberán hacer la compra.

Sí, las mujeres del suplemento hablan de su poder en nuestro nombre. No cuestiono su importancia, ni su transcendencia, ni la necesidad del cambio, pero su mundo de triunfadoras me deja indiferente.

Prefiero otras historias, pequeñas historias como el artículo de Almudena Grandes, con el que puedo identificarme a través de un personaje inventado que vive encerrado en sus íntimas limitaciones, con deseo de escape pero sin posibilidad de huida.

Pequeñas esperanzas y derrotas cotidianas que, esas sí, nos unifican a todas.

Y a todos.