jueves, 2 de agosto de 2012

Luna llena


Después de cenar, he cogido el tabaco y el cenicero, el libro y el lápiz y me he sentado en la hamaca más cómoda, dispuesta a disfrutar de una plácida sesión de lectura nocturna.

Entre los libros que voy alternando, en los últimos tiempos nunca falta alguno sobre el periodo en el que, en mi opinión, el mundo se volvió loco; esto es, la época, más o menos larga, que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. Leo sobre aquellos años para intentar comprender, aunque sé que nunca lo conseguiré.

En la actualidad le toca el turno a la biografía de Hitler, escrita por Ian Kershaw, que según la profesora de Historia de Jorge, es la mejor de todas. Lo habíamos comprado en una de nuestras excursiones a la búsqueda de publicaciones oportunas, cuando él preparaba la monografía. Como tantos otros de mis libros, estaba esperando su turno.

Las lecturas nos llevan siempre por caminos imprevistos en función de nuestros momentos anímicos. Cuando leí Ana Karenina, me llegaron la descripción de una muerte y de  un entierro.

El autor del libro que ocupa parte de mi tiempo en la actualidad hace, en ocasiones, interpretaciones psicológicas sobre el personaje que refleja; yo, a veces, comparo entre esas interpretaciones y el concepto que sobre mí misma guardo.

Excuso decir que me pongo muy contenta cuando me sitúo en las antípodas. Pero algunas veces descubro determinados rasgos que no me resultan tan lejanos, lo que me lleva a interrogantes que no me gustan.

Como decía al principio, en estos avatares pensaba yo ocupar las horas previas al sueño; pero he levantado los ojos del libro para “masticar” algo que acababa de leer y, allí estaba ella.

Una luna llena fantástica. Grande y brillante, justo entre el árbol y la esquina de la casa del vecino. De inmediato he cogido el portátil y los accesorios y me he montado la oficina.

Tengo la suerte de vivir en una casa que me permite, en las noches asfixiantes de verano, refugiarme en el exterior y disfrutar, al mismo tiempo, temperatura y tranquilidad.

Mientras escribo, sigo contemplándola; ahora entre las hojas del árbol. Y pienso que, de algún lugar en la oscuridad que me rodea, tal vez surja Peter Pan y me invite a acompañarlo en un viaje hasta ella donde, con un poco de suerte, encontraríamos a una niña perdida.

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