martes, 5 de mayo de 2020

Mayo


Para Mon.



Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor,
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
dele Dios mal galardón.
Romance del prisionero

Mi padre resumía las situaciones con refranes y, como hombre bien curtido en el campo y en su vida mirando al cielo, explicaba de este modo las estaciones. Así, desde bien pequeños nosotros aprendimos que marzo ventoso, abril aguanoso, sacan a mayo florido y hermoso. Este año se han cumplido los designios y, con aplastante lógica la primavera llegó y está pasando como una venganza.

Cuando yo iba a la escuela, mayo me resultaba odioso: todos los días, con la modorra de la digestión y los primeros calores, a primera hora de la tarde teníamos que rezar el rosario. Creo que cualquiera puede imaginar el sopor de una letanía completa dicha o escuchada, además, en estas circunstancias, santa María, ruega por nosotros; santa Madre de Dios, ruega por nosotros; santa  virgen de las vírgenes, ruega por nosotros; santo no sé quién, ruega por nosotros, santo no sé cual, ruega por nosotros.
Así hasta terminar el santoral.
Entonces y allí, además, el campo era nuestra normalidad y lo que nos daba de comer. Vivíamos bastante ajenos a sus bellezas.
En la actualidad soy una privilegiada de los tiempos. Tengo una calle muy tranquila siempre, ahora habitada por el silencio espeso y expectante por el que todos transitamos, una casa muy luminosa, y un espacio pequeño pero exterior al que hemos sacado los silloncitos que podíamos cambiar de lugar en función de la temperatura, que se nos han mojado más de una vez con los chubascos repentinos, pero que nos han permitido respirar. La rampa del garaje se quedó pequeña desde el primer día.
Este pedacito de terruño, unido a mi evolución personal de conceptos y aprecios y a la falta de mayores o mejores distracciones, me ha permitido descubrir y disfrutar este transcurso por la primavera con consciencia:
He seguido las fases de la luna y visto un diminuto cuarto creciente que le daba la espalda a Marte, cual pareja peleada.
He visto verdear a la hiedra, y a la higuera, y al manzano, y al ciruelo; florecer y marchitarse a los tulipanes y a los lirios. He descubierto a una planta de maceta, ahora salvaje, renaciendo desde una única hoja tísica y partida que después se murió como explicando que su trabajo había terminado. He seguido el desarrollo del primer capullo del rosal amarillo y encontrado después esa primera rosa y las posteriores; hoy he descubierto otra primera rosa: rosa.
He sentido renacer a una gardenia tísica, y nacer a las abundantes hojas y capullos de los cactus, que prometen un día espectacular de floración, más espectacular por ser solo uno. He visto revivir a las cintas, al tronco de Brasil, a los potos, a la alegría, a las begonias, al coleo, y a la hortensia que consiguió sobrevivir a mis intentos, mi joya de la corona.
Y a la caída de la tarde, cuando abro la puerta de la cocina, aún puedo sentir el olor de los árboles del paraíso florecidos en un espacio estancado.
Sí, la primavera llegó y está pasando.

sábado, 9 de febrero de 2019

Acción y reacción

Nunca se había sentido su ojito derecho, tampoco el izquierdo; si acaso el apéndice, que nadie sabe para qué sirve salvo cuando duele y hay que extirparlo.
También era consciente de que podía romper su natural cobardía dejando los razonamientos para mejor ocasión y acomodándose a la circunstancia. Sabía que podía ser fuerte.
¿Sabía?
Sin nada mejor que hacer, o sí, pero no era tiempo de opciones, había decidido acompañarla en su espera.
La sintió empeorar con la urgencia de no perder el tiempo, y reclamar con ahínco una presencia distinta consciente del fin de su historia en aquel momento detenido. Tal vez por el hábito de toda una vida, por el placer de un último deseo satisfecho, por la última traición del inconsciente. Acaso el miedo le jugó una mala pasada definitiva. Quizás no podía ser de otra manera.
Calculó mal los hechos e intentó salir del paso con evasivas. Hasta que le quedó claro que esta vez no servirían cuentos chinos. Cuando llegaron los profesionales cogió sus trastos y utilizó el baño como excusa.
En la calle apagó el teléfono y se dirigió al metro. Confirmó que tenía una tarjeta de crédito con saldo, la documentación y un libro en el que concentrarse.
En Atocha estudió sin prisas destinos y horarios. Después compró un billete para Irún.